domingo, 30 de agosto de 2026

Aleluya demonio, de Kamaro Kikuchi

Con este calor no apetecen lecturas largas o densas, así que me he decantado por releer este tomo único que sacó Ivrea en 2009, que ya ha llovido. De hecho, hace tanto que, primero, no recordaba nada de las historias y, segundo, ni siquiera sale en mis entradas de adquisiciones del blog, así que me lo tuve que pillar de salida, poco antes de abrirme este espacio. Creo que por entonces ya había leído por scans algo de la autora y, sin ser de las que más destacaban, supongo que decidí darle una oportunidad a esta apuesta de la editorial. No han vuelto a traer nada suyo, así que pasaría sin pena ni gloria en las ventas.

¡Aleluya demonio!

Kaede Hayama es alumna de un prestigioso instituto católico en el que se han estado sucediendo ataques a los y las estudiantes que sacan mejores notas. La chica está convencida de que quien realiza los ataques debe ser un chico con pinta de macarra, Torao Kuroba, y esta dispuesta a desenmascararlo. Cuando está a punto de ser atacada por un tipo encapuchado, un joven vestido de sacerdote la salva. En el sitio de la trifulca encuentra una cruz grabada con el nombre de Masato Sannomiya, el alumno estrella al que ella admira. ¿Cuál ha sido su salvador y cuál su atacante?

El tomo se compone de cuatro historias cortas, aunque las dos primeras forman una mini-serie. A este primer capítulo le sigue ¡Aleluya demonio! Returns en que, después de atrapar al atacante violento, la pareja se enfrenta a un pervertido que se obsesiona con Kaede. Cuando suceden estas cosas siempre me queda la intriga de si la autora no habría tenido la intención de hacer una serie más o menos larga, pero no cuajó. Al menos, ya puestos a sacar un segundo capítulo, parece que falta uno que haga de cierre porque todo queda en el aire.

Lo cierto es que no hay por dónde coger esta mini-serie. Es todo muy absurdo, sin justificaciones ni mucha lógica. Que en un prestigioso centro católico haya tal cantidad de delincuentes juveniles que se necesita que haya un alumno disfrazado de cura para encargarse de detenerlos no tiene ni pies ni cabeza. ¿Y los padres de los alumnos atacados no montan un pollo? ¿Nada? De verdad, no se sostiene por ningún lado.

Por supuesto, no hay ningún misterio real, es más que evidente que Kuroba es el justiciero y resulta que lo hace porque es el nieto del zumbado del director. ¡Pero es que encima hasta usa un arco y flechas contra los gamberros! No sé yo si en un primer momento la autora pensó en darle un contexto de fantasía y al final lo dejó en "realista".

En cuanto a la inevitable pareja que forma con Kaede, bueno, algún momento mono hay, pero poca chispa. Además, en ambas historias la chica no deja de ser una damisela en apuros que necesita que la salve su ¿sacerdote de brillante sotana? No sé, le habría faltado más desarrollo a ambos para que me los creyese.

6/10

Vanilla beans love pink


Tamiko Nakayama adora los volantitos, el rosa y demás elementos ultra-femeninos, pero no siendo muy agraciada y, además, siendo la hija de los brutos dueños de la pescadería del barrio, lo más habitual es que le toque ir en chándal. Frente a ella vive Keita, cuyos padres regentan la pastelería local, con quien suele pelear a diario. En la misma calle también hay una tienda de gafas y Tamiko está colada por el hijo de los dueños, Maki, maduro, deportista y muy atractivo. Un día, unos niños se meten con ella cuando se pone uno de esos vestidos monos y después de tantas burlas a lo largo del día, no es capaz de defenderse. Para su fortuna, la salva un chico disfrazado de conejito publicitario, ¿será Keita o Maki?

Otra historia previsible en cuanto a su "misterio" y resolución. Lo mosqueante es que son tres de tres capítulos en que el segundo personaje masculino resulta ser un tipo despreciable a nivel de estar para encerrar y tirar la llave al mar. El esquema es muy parecido al primero de ¡Aleluya demonio!, así que da cierta sensación de déjà vu. Al menos, en este caso, al ser "amigos" de la infancia, la transición al romance resulta un poquito más realista y emotiva.

Quizás el punto más interesante es el tema de los complejos de la protagonista, muy creíble siendo una adolescente que quiere encajar en una estética que no le pega. No obstante, a pesar de las burlas e insultos, incluso de sus propios padres, ella sigue esforzándose y no hay duda que el look final del capítulo es muy mono y le sienta bien. Lo que me mata es que diga al principio del capítulo que, si le gusta todos esos elementos tan femeninos es, claro, porque es una chica. A tope con los roles, claro que sí. 

6.5/10
  
El mejor novio de laboratorio

Misako Hayashi es guapa, popular y, siendo hija de un empresario de éxito, también es rica. La cuestión es que todo le va tan bien que está aburrida. Para romper esa rutina se propone conseguir que Shuji Narasaki, miembro del arruinado club de química, caiga a sus pies después de haberla ignorado y hasta empujado por una triste moneda de 10 yens. Misako se ofrece a financiarle la investigación de una pócima de amor y ante los billetes relucientes, el chico accede.

Otra historia bastante rocambolesca e increíble con todo eso de la supuesta pócima de amor y... ¿un instituto permite que unos alumnos den dinero a otros para actividades de un club? No lo veo. Sin embargo, diría que es la mejor del tomo porque es la única en que la autora trabaja los sentimientos de los personajes y, además, nos libramos de un tercero con tintes de delincuente. Menos mal.

Destacaría de la historia un giro de guion que no vi venir (porque está sacado de la manga, la verdad) y le sienta muy bien a la trama: [destripe] cuando los padres se arruinan y Misako debe aprender a ganar dinero [fin del destripe]. Es cierto que esto sirve sólo para desencallar el romance y habría estado bien que se viese algo más de cómo lo afronta la chica más allá de esto, que se lo toma muy bien, demasiado para lo que sería realista.

7.5/10

Conclusión

En definitiva, un tomo para pasar un rato entretenido, sin más. Historias cortas donde prima más la comedia y las situaciones absurdas que el amor. No va a perdurar en la mente, pero por los momentos monos que pueden llegar a rozarte la patata, quizás vale la pena darle una oportunidad. Que conste que digo "rozar", no esperéis un gran impacto emocional. 

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