sábado, 20 de junio de 2026

Los niños del agua, de Charles Kingsley

El libro de hoy es un clásico de la época victoriana, en concreto se publicó en el año 1863 después de haber ido saliendo por entregas en una revista, como era habitual por entonces. Tuvo gran importancia en su momento, pero fue quedando en el olvido al parecer por tener algunos pasajes insultantes hacia ciertos grupos de población (irlandeses, estadounidenses o judíos). En mi opinión, tiene otros defectos que explican mejor su olvido, pero ya iré a ello en la reseña como tal. La cuestión es que me decanté por este libro adquirido en la preciosa colección Historias Maravillosas para así poder tachar un título más del imposible reto de los 1001 libros, que hace ya bastante que no cae ninguno del listado.

Argumento

Tom es un niño de unos 10 años que malvive explotado por su patrón, Grimes, como deshollinador. Su pequeño tamaño resulta perfecto para subir y limpiar las estrechas chimeneas aunque se destroce rodillas y codos en tan ardua tarea.

Un día, un lacayo de Sir John llega para solicitar los servicios de Grimes, lo que supondrá un buen dinero que ganar. La gran y compleja mansión, con chimeneas que se entrecruzan, confunde a Tom cuando vuelve a bajar y acaba en la habitación de una niña llamada Ellie. Tras observarla embelesado se da cuenta de su propia suciedad y decide marcharse antes de que se despierte, con tan mala suerte que tira una serie de objetos que finalmente la desvelan. La niña se asusta al verlo, grita y él decide salir huyendo, lo que hace que todos empiecen a perseguirlo pensando que ha robado algo. En su desesperada huida acaba llegando a un arroyo donde cae para renacer como un niño del agua. En esta nueva vida descubrirá las maravillosas criaturas que habitan las aguas así como aprenderá valiosas lecciones de respeto y moral.
 
Reseña

Para empezar, decir que la novela se estructura en ocho capítulos más una moraleja y está narrada desde el punto de vista de un padre, presumiblemente el propio autor, que le cuenta esta fábula a su hijo. Casi todo el relato es él hablando, pero en alguna ocasión se intercala alguna pregunta o comentario del niño, del que no llegamos a saber el nombre. El primer problema del libro está en esta voz narradora, que resulta pedante y pretenciosa. Casi da pena pensar en el pobre niño que lo tenía por padre. 

A pesar del punto fantástico de la historia, lo cierto es que el inicio no puede ser más brutal y demoledor con la crítica que hace al trabajo infantil. Más que trabajo, esclavitud infantil con todas las letras. Un tirón de orejas evidente a la sociedad de su época que permitía que hubiese niños viviendo en semejantes condiciones: explotados, malnutridos, maltratados y sin recibir una mínima educación. No he podido evitar pensar en Charles Dickens, quien también ponía el foco en los necesitados.

Pasado este arranque, una vez que Tom se convierte en un niño del agua, el factor crítica queda atrás salvo determinados pasajes y se dedica a narrar sus aventuras como tal, lo que aprende de las criaturas con las que se cruza y las enseñanzas morales que va adquiriendo y que no tuvo en su vida humana. Tiene un punto de aventuras maravillosas y algo absurdas, como también se vería en Alicia en el país de las maravillas, obra que se publicaría un par de años después que ésta de la que hoy os hablo. La mayor diferencia que le veo es que aquí el autor no tiene que imaginar seres extraños, casi todas las criaturas son insectos, peces, pájaros o crustáceos muy reales, lo que da al libro un enfoque casi naturalista. Diría que los únicos elementos realmente fantasiosos son hadas y los propios niños de agua, al menos hasta la recta final, que se vuelve un caos de situaciones y personajes extraños, absurdos y surrealistas, ahora sí, muy similares a lo que vimos en la historia de Lewis Carroll.

Aunque el libro estaba pensado como lectura infantil, lo cierto es que hay muchos pasajes que se harán aburridos, más si se piensa en esa franja de edad. El narrador va cortando la trama cada poco para intercalar divagaciones que no resultan precisamente cortas. Además de la crítica al trabajo infantil, critica el enfoque excesivamente cerrado de mente de muchos científicos de la época. En el libro, por ejemplo, el autor sostiene que ninguna persona está calificada para decir que algo que nunca ha visto (como el alma del ser humano o un niño del agua) no existe. Se me hace imposible imaginar a ningún niño, de antes o de ahora, leyendo esta obra entre vocabulario amplio y reflexiones complejas.

Aparte de esto, durante la obra hace alusiones a elementos y personas muy concretas de su época y habría agradecido que mi edición contase con notas a pie de página porque muchas de esas menciones son imposibles de pillar más de siglo y medio después de la publicación de la novela. La figura más destacada y que sí que conocía es Charles Darwin, del resto he tenido que pararme a buscar algún nombre por curiosidad, pero llegado cierto punto lo he dejado estar. Quizás destacaría, como personaje mitológico que no conocía, a Madre Carey, la "pareja" de Davy Jones según he entendido. Sumamos a esto lo dicho en el párrafo anterior y los ramalazos racistas que se cuelan y se entiende que el libro fuese perdiendo vigencia e interés con el paso de los años.

En general, es una lectura que va de más a menos. Toda la parte inicial, crítica con la sociedad del momento, me pareció brutal y descarnada. Luego, las primeras aventuras de Tom como niño del agua resultan entretenidas e interesantes por las criaturas con las que se va cruzando. Me recordó un poco a lo instructiva que resultaba también La evolución de Calpurnia Tate. El problema empieza cuando Tom al fin conoce a otros niños del agua y a una serie de hadas de nombres absurdos como "Que hagan contigo como hagas" o "Haz como te gustaría que hicieran contigo" (todo junto) que le van dando lecciones a Tom. A partir de ahí, la historia va tomando un rumbo moralista en el peor sentido y las aventuras se vuelven más extrañas, surrealistas y sin ninguna continuidad, recordándome a lo peor de La niña que recorrió Tierra Fantástica. El desenlace te deja totalmente igual ante tanto sinsentido visto en el último par de capítulos.

En definitiva, un clásico ¿infantil? que tiene su interés como tal, pero no por su trama, sobre todo a partir de cierto punto. Se va perdiendo el interés en la lectura y es de esos libros que te dan ganas de ir saltándote párrafos que ves que no van a aportar nada. No obstante, tiene bastantes pasajes que son interesantes y hay varias ideas fantasiosas muy originales, por lo que a pesar de lo dicho, creo que merece la pena la lectura.

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